Siempre me han gustado los bordados y las labores.

Aprendí bordado, costura y distintas manualidades asistiendo a clases, donde fui descubriendo poco a poco todo lo que podía crear con mis propias manos. El ganchillo, en cambio, me lo enseñó mi abuela, y cada vez que lo practico no puedo evitar acordarme de ella.
No sabría explicar cuándo esta afición pasó a formar parte de mi vida, pero sí sé lo que siento cada vez que me siento delante de una labor.
Mi cabeza para.
Mientras doy una puntada detrás de otra, dejo de pensar en todo lo demás.
No tengo prisa.
Simplemente disfruto del momento.
Y esa sensación, para mí, tiene un valor enorme.
Cada labor cuenta una historia

A lo largo de los años he creado muchas cosas con mis manos.
Manteles, cojines, bandejas, relojes, adornos navideños, cuadros y pequeños detalles para regalar o decorar mi casa.
Si alguien me preguntara cuál es mi labor favorita, no sabría responder.
Todas lo son.
Cada una guarda una emoción diferente.
Algunas me recuerdan una etapa de mi vida.
Otras fueron un regalo hecho con muchísimo cariño.
Me gusta crear cosas que permanezcan

Vivimos en una época en la que casi todo se compra y se cambia rápidamente.
Quizá por eso valoro tanto las cosas hechas a mano.
Cuando termino una labor no veo únicamente un bordado.
Veo las horas que le he dedicado.
La ilusión con la que la empecé.
La paciencia que me ha enseñado.
Y el cariño que he puesto en cada puntada.
Creo que eso es algo que nunca podrá comprarse.
Mucho más que hilo y tela
Si algún día perdiera todos mis bordados, sé que sería un golpe muy duro.
No por el valor del hilo o de la tela.
Sino porque en cada uno de ellos hay muchas horas de mi vida.
Hay momentos de calma.
Hay ilusión.
Hay personas.
Hay recuerdos.
Y eso es imposible volver a hacerlo exactamente igual.
🌿 Un pensamiento de Sofía
«Cada una de mis labores guarda mucho más que unas cuantas puntadas. Guarda horas de tranquilidad, momentos de ilusión y recuerdos que forman parte de mi vida. Quizá por eso tienen tanto valor para mí.»

